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Poner límites: cuándo, cómo, por qué.

Una herramienta imprescindible de la crianza



Límites. Una palabra que preocupa cada vez más a los padres. Nadie duda de su importancia. La dificultad viene a la hora de preguntarse cuándo y cómo. "Es un enorme desafío, y ésto deriva en parte de la gran confusión que se ha generado en considerar al hecho de poner límites como ‘autoritarismo': si uno piensa en poner límites a un bebé bajo este concepto, claramente sentirá que no puede hacerlo, que es cruel y perjudicial. El verdadero sentido de poner límites está lejos de ésto. Los límites no se ejercen con ‘autoritarismo' sino con ‘autoridad' y éste término que deriva del verbo latino ‘Augere' significa ‘Ayudar a crecer'. De eso se trata. Los límites son necesarios para el desarrollo y crecimiento emocional del niño", dice la licenciada Marcela Martínez, psicoterapeuta del equipo de Hémera, una institución dedicada al tratamiento de las afecciones que provocan el stress y la ansiedad en distintos momentos de la vida.

Al nacer, el ser humano se enfrenta con un nuevo medio, muy distinto al que vivió durante nueve meses. Desde ahora deberá relacionarse con objetos externos reales, personas y cosas, para satisfacer sus necesidades y poder sobrevivir. "El bebé, al nacer, se encuentra en un estado de indefensión –agrega la psicóloga-. Es ahí cuando junto a su madre integrará una díada, en donde ambos serán uno solo, en un estado de indiferenciación. El bebé, en esta fase, presenta dificultades para captar sus propios límites, esta característica es denominada por Piaget 'egocentrismo físico´. Para superarla, el bebé deberá desarrollar un paulatino proceso de diferenciación entre sí mismo y lo que lo rodea".

La salida de este momento de indiferenciación lo proporcionará primero la madre y después el padre, y más tarde los adultos significativos. "Cuando el bebé llega a casa, todos se organizan en torno de sus necesidades y postergan las suyas -agrega la especialista-. Cuando la madre comienza a retomar sus actividades habituales y se aleja de a ratos, el bebé debe enfrentarse a un nuevo desafío, el de tolerar la espera y la frustración que le provoca la ausencia. El modo de hacer efectiva esta salida es a través de las limitaciones que se le van poniendo. Por ejemplo, cuando quiere tomar el pecho y succiona cualquier otra parte, es la madre la encargada de guiarlo : ‘Ahí no es, ése es mi brazo, es aquí, en el pecho...' o ´vos querés estar acá, al lado mío, no querés el chupete´. Mamá es el primer paso, la primera guía de ese trabajo de diferenciación que ambos tendrán que hacer".

La licenciada Martínez añade que las rutinas también ayudan: baño, alimento y sueño serán una ruta que lo guiará, le permitirá acomodarse al mundo y le dará sensación de seguridad. Los límites funcionan como organizadores de esa vida que en un principio es tan caótica y confusa. "Representan un borde que delimita el camino, ayudan a tolerar la espera y la frustración y deben funcionar a modo de anticipación, guiando sus futuras conductas. El límite es un organizador y su antecesor es el NO, que, puesto de forma clara y concisa irá dejando huellas en el psiquismo", afirma la psicóloga.

En este sentido, la licenciada Martínez recuerda los aportes teóricos de Donald Winnicott, de quien recoge la idea de que "el bebé existe siempre con alguien más: una mamá que lo corporaliza, lo construye, lo invita amorosamente a vivir, la que cumple la función materna, que debe ser lo suficientemente buena para garantizar su salud física y psíquica". El niño, de esta forma, irá aprendiendo qué cosas se pueden o no hacer y con estas experiencias irá construyendo sus propias "matrices de aprendizaje", modelos que serán la base para los futuros aprendizajes.

¿Cómo poner límites?
Existen cuatro requisitos fundamentales para educar a los niños, desde el primer año en adelante: coherencia, consecuencia, constancia y pertinencia. Cualquier tipo de educación se verá reforzada si se mantiene entre estos cuatro parámetros.
Sin embargo, desde antes del año de edad la puesta de límites, si bien no plenamente educativa, es fundamental para instalar luego el otro proceso, más rico y complejo.

Algunas recomendaciones pueden ayudar a comprenderlo mejor:
-Los padres deben ser claros, concisos y firmes a la hora de marcar los límites. Asegurarse de que el niño los esté mirando por ejemplo y para ésto conviene ponerse a una altura en la que pueda ver nuestro rostro, nuestros gestos y expresión. Además, lo que se dice debe ser claro: "No tires los juguetes al piso" en lugar de "Portate bien", porque esto no quiere decir nada concreto para él.

-No debemos exigirles más de lo que puedan asimilar. Las normas de conducta que los padres decidan establecer deben ser realistas y razonables y siempre tener en cuenta el temperamento del niño.

-Es importante que los NO sean a "dos voces". Es decir, que ambos padres se pongan de acuerdo en qué van a sancionar y no que uno diga que "sí" y el otro que "no", ya que eso crea inseguridad y confusión.

- Tener en cuenta que el niño aprenderá mejor y más rápido en un entorno agradable. Los estímulos positivos, las demostraciones de afecto y la cercanía son imprescindibles.

-El castigo físico no ayuda a madurar ni los hace más fuertes. Sólo los confunde y existe el riesgo de que los torne violentos. El niño aprende que es lícito pegar a otros (especialmente, si son más débiles), y así puede que naturalice un circuito muy negativo.

Los limites según cada etapa

Aprender a esperar: Hasta los seis meses, la recomendación es asistir al bebé de inmediato en todo lo que reclame, generalmente a través del llanto. Pero, desde ese momento evolutivo (el medio año de vida), se aconseja extender un tiempo más la respuesta, no correr TAN rápidamente como antes (por supuesto, siempre y cuando no exista algún peligro latente o situación de emergencia). Esto es importante como parte de un proceso de maduración: el niño debe darse cuenta de que es una persona distinta de los padres y de que sus deseos no serán cumplidos a fuerza de órdenes, debe aprender de a poco a pedir, no a "pretender" y también a saber esperar. Esto es fundamental para que explore y encuentre la manera de autoconsolarse, para así ganar confianza y autonomía.

La primera negación: Alrededor de los 8 meses, el bebé habrá logrado cierto desarrollo motriz y autonomía y esto le permite explorar y conocer el mundo, por ejemplo a través del gateo, pero también así se pondrá cotidianamente en situaciones de peligro. De este modo, el gesto y la palabra "¡NO!" serán las más utilizadas por quienes lo rodean y representa el primer concepto de la negación. Sin embargo, habrá que tener cierto cuidado en no pasarse el día entero diciéndoles que no. Esto puede ser demasiado frustrante para la criatura: a veces, en lugar de decir siempre que no, podemos acercarnos cuando el pequeño esté por hacer algo que no queremos y ofrecerle otra cosa en su lugar.

Norma y aviso: Aproximadamente al año todavía no comprende plenamente los conceptos de "norma" y "aviso". En la mayoría de los casos no vale con decirle las cosas una sola vez, es necesario repetírselas varias, ya que aprenderá de sus errores. Si estos avisos se repiten de manera constante cada vez que "se porta mal", se habrá establecido para él una norma.

El inicio de la educación: Durante su segundo año de vida, se vuelve más inquieto y resulta imprevisible. Pasa de la tranquilidad y la docilidad a las travesuras y las pataletas. Por eso se habla de los "terribles dos años". En realidad, está en plena búsqueda de independencia y autoafirmación. Es el momento de iniciar su educación. A esta edad es egocéntrico y posesivo y tiene una idea muy limitada de lo que "está bien" y lo que "está mal".

No es que se comporta mal deliberadamente: actúa según sus impulsos. Mediante su comportamiento, a menudo desafiante, busca la conformidad o el rechazo a sus actos. La educación no sólo sirve para enseñarle a comprender y a controlar esos impulsos.

"Los padres deben internalizar la idea de que poner límites es cuidar bien a nuestros hijos, es un verdadero acto de amor –concluye la licenciada Martínez-. Mantenernos firmes en las decisiones, mostrar coherencia y acuerdo entre ambos padres son actitudes necesarias para el desarrollo y crecimiento emocional. Anticiparles las situaciones hará que nuestros hijos comprendan qué esperamos de ellos. No olvidemos que a través de las palabras y modos de actuar les mostramos cómo somos. Nada más. Y nada menos".


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